El Hombre Bicentenario
Publicado en:Cine Ciencia Ficción
Las Tres Leyes de la Robótica:
1. Un Robot no debe hacer daño a un ser humano ni, por inacción, permitir que un ser humano sufra daño.
2. Un Robot debe obedecer las órdenes impartidas por los seres humanos, excepto cuando dichas órdenes estén reñidas con la Primera Ley.
3. Un Robot debe proteger su propia existencia, mientras dicha protección no esté reñida ni con la Primera ni con la Segunda Ley.
El genial Isaac Asimov creó estas 3 Leyes para darle un marco a sus historias de ciencia ficción. Escribió sobre colonias espaciales, sobre máquinas que podían extraer algún objeto o ser de hace cuarenta mil años y traerlo al presente, escribió muchísimas cosas, pero al parecer, su tema favorito era la Robótica. En el futuro que imaginó Asimov, los humanos creamos a los robots alrededor del año 2000, pero la gente, en general no aceptaba la idea, se sentían reacios a la existencia de seres con inteligencia artificial, por eso las fábricas de robots estaban en asteroides en el espacio. Pero algunas familias aceptaron a los robots en su seno, como por ejemplo la familia Martin, que es de quienes hablaremos en la nota, más bien de uno de sus miembros, uno con cerebro positrónico.
En 1976 se cumplía el bicentenario de la independencia estadounidense, con motivo de conmemorar la fecha, una revista le solicitó a Isaac Asimov, escritor, científico y futuro presidente de la Asociación Humanista Americana y vicepresidente honorario de Mensa, que escribiera un relato con el título El Hombre Bicentenario. Este fue el disparador para una de sus mejores obras, una nouvelle que años después reescribiera conjuntamente con Robert Silverberg en formato novela con el nombre de El Hombre Positrónico, haciendo referencia a la tecnología que permite la inteligencia artificial de los robots.
En algún momento, en los primeros años de la existencia de los robots, Gerald Martin, un hombre bastante bien acomodado económicamente, llevó a su casa un robot NDR. La familia tomo al NDR como parte de si fuera un miembro más de la familia, en especial la menor de las dos hijas del señor Martin, a quien el robot llamaba La Niña. La Niña no podía pronunciar bien las siglas NDR, así que decidió llamarlo simplemente Andrew, jugando con la pronunciación de las letras. En el cumpleaños de la Señorita (la hermana mayor) la niña sintió muchos celos de un collar que le habían regalado a su hermana y le ordenó a Andrew que le hiciera un collar. Andrew talló con un cuchillo un collar de madera. La niña fue corriendo con una sonrisa en la boca a mostrarle a su padre el hermoso regalo de Andrew. El señor Martin entonces le preguntó a Andrew de dónde había copiado el diseño y Andrew le respondió que la había inventado. Le dijo “Es una representación geométrica, Señor, que armoniza con la fibra de la madera”.
Andrew comenzó a tallar en su tiempo libre. El Señor lo proveyó de libros sobre tallado y diseño de muebles. Finalmente Gerald le preguntó al robot qué lo motivaba a hacer sus tallados sin que nadie se lo ordenara y Andrew respondió “Me complace hacerlos Señor”, el señor Martin volvió a preguntarle, no sabiendo si había entendido bien la respuesta, y Andrew dijo “Los circuitos de mi cerebro funcionan con mayor Fluidez. He oído usar el término Complacer, y el modo en que usted lo usa concuerda con mi modo de sentir. Me complace hacerlos, Señor”
El Señor Martin entendió entonces que Andrew tenía sentimientos, tenía sensibilidad y creatividad. Consultó a la empresa donde lo había comprado, la oficina regional de Robots y Hombres Mecánicos de Estados Unidos, y allí le comunicaron que ningún NDR, ni ningún robot estaba capacitado de la manera que él aseguraba que su robot se comportaba. Andrew era único.
El tiempo pasó, las niñas eran adolescentes, Andrew ya era un artista muy vasto, fabricaba relojes, muebles y muchas cosas más. El señor Martin regalaba los objetos, pero las niñas lo convencieron de que se vendieran y que el dinero fuera de Andrew. Entonces, amparado por su contador, abrió una cuenta en el banco a nombre de Andrew Martin.
Todos los nuevos adelantos tecnológicos que se hicieran en Robótica, Andrew pagaba lo que hiciera falta, todo su cuerpo era ya diferente a como había sido creado, con excepción de su cerebro, que nunca fue tocado. El señor Martin había puesto una alarma en su cabeza, si alguien intentaba tocar su cerebro sonaría la alarma en la estación de policía. Pasaron más años, las niñas ya eran adultas, ya se habían ido de casa. Andrew, una tarde se sentó junto al Señor y le dijo que quería gastar todo el dinero que tenía guardado, que quería dárselo a la familia Martin, pero no era un regalo. Andrew quería comprar su libertad. Finalmente La niña (que ya era una mujer) convenció a su padre de que era lo mejor y entonces Andrew se fue de su casa para hacer su propia vida, en su propia casa.
Muchos años después Andrew se dedicó al diseño y fabricación de órganos humanos. Inventó la ciencia Bio-robótica. Pronto reemplazó todo su cuerpo con órganos humanos fabricados por él mismo. El mundo entero lo aplaudió por el gran paso que hizo dar a la medicina, hasta que Andrew Martin decidió que ya era hora de que el mundo lo clasificara como un ser humano.
El Congreso Mundial escuchó atento las palabras de Andrew Martin, se realizó un debate mundial, muchos a favor y muchos en contra. Hasta que, para calmar a ambas posturas el congreso decidió que Andrew jamás sería un ser humano porque era inmortal, ya que su cerebro nunca moriría, pero Andrew entonces se sometió a una operación para que su cuerpo y su cerebro tuvieran fecha de caducidad, en algún momento moriría. Entonces, en el aniversario número 200 del día de su creación, el Congreso Mundial lo declaró el Hombre Bicentenario, el ser humano más longevo de la historia. Ese mismo día Andrew Martin murió.
En 1999 Chris Columbus llevó al cine una excelentísima película basada en las dos versiones literarias de esta historia, con la actuación de Robin Williams como Andrew. Este film no tuvo gran aceptación. Como suele ocurrir en las versiones fílmicas de una novela, se agregó una historia amorosa entre Andrew y Portia, la nieta de la Niña, lo cual le da los sentimientos que faltan en el libro. Al libro le sobra angustia, le sobra esperanza pero le falta amor y romanticismo. Al fin y al cabo son cosas humanas también.
Volver a: El Hombre Bicentenario
Redes Sociales